MANIFIESTO!
Una nota de Luis Troquel para la revista ROCKDELUX, que se guardó la artillería para este Manifiesto!. Llega a mis manos a propósito de un tema recurrente entre amigos de diferentes ramas del "arte" y a través de Diego, que me alcanza el material, decido compartirla. La nota reflexiona sobre el mercado del arte contemporáneo, tómense el tiempo para leerla porque es muy interesante. Por eso acá les dejo esta nota, muy buena por cierto, con la intención de sacar alguna conclusión entre todos los que quieran expresar su opinión al respecto. Laura.
El Arte como Industria
Nimiedades y timos con pretensiones abundan en cualquier disciplina artística. Eso no es nuevo. Sin embargo, en el mal llamado arte contemporáneo se baten records históricos. Entre otras cosas porque parte de una magistral tomadura de pelo: la famosa "Fuente" (1917) de Marcel Duchamp, considerada recientemente en una encuesta de supuestos expertos (para promocionar los premios Turner) la obra mas influyente del siglo XX. ¿Eso la equipara a "Las Meninas" de Velázquez, "La Piedad" de Miguel Ángel o "Gernika" de Picasso? Rotundamente, no. Sin cuestionar su importancia conceptual ni lo visionario de su actitud, el "urinario" de Duchamp no tiene ningún atractivo formal fuera de su contexto. Una cosa es un acto genial y otra una obra en si misma. Tal vez por eso las instalaciones y otras disciplinas en ciernes suelan definirse como "hechos artísticos". Según esta redefinición del arte, también deberíamos considerar hechos artísticos todo tipo de situaciones cotidianas lúdicas o que provoquen sensaciones intensas. El simple hecho de amar podría considerarse arte. Y no digamos el de probar una postura nueva. Puestos a rizar el rizo, la cosa tiene su vuelta de tuerca, ya que, en castellano, la palabra obra es también sinónimo de acto. "Obras son amores", decía Santa Teresa. Por no hablar de las obras de albañilería. En tan enrevesado andamio se sustenta gran parte del arte moderno. O no tan moderno. Emular hoy en día el dadaísmo sería poco innovador. Toda la época de las vanguardias dejó tantas maravillas como malos ejemplos. La pintura casi desterró su función figurativa, la poesía enterró la rima y la música culta fue todavía más lejos al romper con la tonalidad armónica. Ahora, casi un siglo después, la contradicción esta servida: las melódicas sinfonías de Shostakovich son infinitamente más vigentes que el dodecafonismo de Schoenberg (por poner un simple ejemplo). Al final, los herederos de unas vanguardias que nacieron como reacción al siglo XIX han terminado por potenciar lo peor del romanticismo: la divinización del artista por encima de su arte. La firma convertida en un cheque en blanco. Curiosa paradoja: del "antiarte" que pregonaba Tristan Tzara en 1918 en el Manifiesto Dadá sólo parece permanecer la forma (que a diferencia de tantas corrientes artísticas era lo menos sustancial del dadaísmo). Lo que tenía que ser un revulsivo contra la mercantilización y el anquilosamiento de los museos cotiza hoy en las galerías, se alimenta de subvenciones y se codea con potentados o políticos de fachada progresista ( e igual de "fachas" que sus predecesores). Si el mercado de la pintura genera cada pocas semanas situaciones delirantes, todavía más rocambolesco es el de la "fotografía artística", regido por la más mezquina especulación: para no perder caché ni elitista "categoría", se ponen a la venta sólo unas pocas copias numeradas de cada original. ¿Cómo alguien con dos dedos de frente puede autodenominarse "creador"? Nada nace de la nada. Todo está en deuda con un pasado, reciente o remoto. Del mismo moda, siempre seguirán generándose cosas nuevas. Pocas frases resultan tan abominables como esa muletilla del "ya esta todo inventado"; tan común, por cierto, en el mundo del rock. Que alguien no sea capaz de inventar no le legitima para considerarlo imposible. El futuro trae siempre formas antes inconcebibles, propulsadas generalmente por un avance técnico o científico ( o por una nueva realidad social). No, no está todo inventado. Ni siquiera los géneros que parecen muertos tienen porqué haber dicho su última palabra: ahí está el ejemplo de la zarzuela, que renació de sus cenizas en diferentes siglo, renovada pero sin perder su identidad.
NI ARTE NI PARTE
El arte no es sólo despertar sensaciones. La desolación de una vieja fabrica puede albergar belleza, pero ¿qué sentido tiene una herrumbrosa escultura que apenas pueda distinguirse de una herramienta de trabajo? Para eso voy directamente a una ferretería, que sale más barato. Es como el mito del cuadro en blanco. La pureza inmaculada puede ser insuperable, ¿pero no está ya en cualquier pared encalada? Probablemente, nunca el marco ha sido tan decisivo. Y no el marco que delimita el cuadro, sino el espacio donde algo es exhibido. Cosas que por la calle ni siquiera mirarías adquieren rango artístico por el simple hecho de exponerse en una galería. El pasado mes de octubre la británica Tate Modern presentaba con gran alborozo una gigantesca instalación del artista Carsten Holler. Concebida como "un parque de atracciones para el cuerpo y la mente", consta de cinco enormes toboganes cilíndricos por donde se deslizan vertiginosamente los visitantes. Durante su presentación en tan prestigioso museo, Holler apelaba a las sensaciones que se experimentan, sin duda de lo más intensas. Pero entonces, ¿por qué no tiene el mismo tratamiento cultural el Dragon Khan de Port Aventura? También en Inglaterra, se fallan cada mes de diciembre los dichosos premios Turner, con una larga tradición de escándalos todavía más inofensivos que las óperas de Calixto Bieito. No hace nada se paseó por los museos españoles uno de sus ganadores, Douglas Gordon, para presentar un montaje deconstructivo cuyo plato fuerte es una versión relentizada de la película "Psicosis" que dura 24 horas. Lo peor no es que llegue casi medio siglo después de que Andy Warhol rodara similares experimentos fílmicos, sino que éstos ( a diferencia de sus coloristas diseños) se recuerdan únicamente por llevar la firma Warhol. Especialmente famosa se hizo Tracey Emin por ganar el Turner en 1999 con una simple cama sin hacer rodeada de colillas y ropa interior sucia. Por si no tuviere bastante con el nada despreciable montante del premio, luego la vendió por 220.000 euros. Una nimiedad al lado de los tres millones de euros que recientemente a llagado a cobrar por sus nuevas obras. Y una maravilla comparada con la del ganador del año pasado, Simon Starling, quien presentó un cochambroso cobertizo de canoas sin más relevancia que el estar hecho con tablas que antes utilizó para construir una canoa con la que cruzó el Rin reciclada a su vez de la madera de una cabaña ( ¡y argumentar que se trataba de una crítica a los fracasos de la tecnología!). La necesidad de explicar una obra no tiene por que ser ningún menoscabo. La historia del arte no podría entenderse sin sus referencia a pie de página. Cuantos más datos tengas del entorno en que se forjó mejor la podrás apreciar (de ahí la fuerza del presente, de las cosas expresamente hechas para ti y tus semejantes). Pasa como con los chistes. Si no sabes nada de la cultura (con minúsculas) que los origina, difícilmente te harán gracia. No solo los chistes gremiales, también los de la política, costumbres o cualquier otro entorno concreto. Lo malo es cuando lo único interesante de una obra es su explicación previa. A menudo el arte contemporáneo no es más que un chiste con coartada intelectual. Que tampoco sería reprobable, sino fuera porque vive ostentosamente del dinero público o de fundaciones privadas que eluden con ello pagar impuestos. En cierto modo siempre ha sido así. Aunque ha veces nazca de impulsos revolucionarios, el arte termina siendo casi siempre un instrumento del poder. Y cuanto más difuso se hace el poder, más depende de la publicidad. O es publicidad. Sin más. Por mucho arte que tengan cierto anuncios, no nos engañemos, en el siglo XXI la publicidad es El Demonio. O mejor dicho: es Dios. Como lo fueron en sus días los faraones. Y no, nadie pone en duda la bellaza de las pirámides o las catedrales. En todo caso, la ética con que se construyeron. Pero a fin de cuentas, el arte, en su expresión más grandiosa, no deja de ser como la naturaleza: tan hermosa en sus formas como despiadadas en su funcionamiento interno. El arte es el espejo de lo divino y el artista es un simple operario; por "bienpagado" que esté. En el fondo, no hay industria más mundana que la de la alta cultura.


